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14.10.13
1.9.11
Escritura chamánica
Si tuviera que hacer un libro de autoayuda, empezaría diciendo que los pilares sobre los cuales la felicidad se erige, se desarrolla y se realiza son: la vida afectiva, la vocación, la salud mental y alguna actividad exoneradora.
Tales pilares conformarían una especie de mesa. Estas imágenes, muy trilladas, la verdad, siempre quedan bien y alimentan sucesivas metáforas: una pata que se resquebraja, la clase de madera, la carcoma... Etcétera.
Tendría que postular también una especie de sima de rara significación y, asimismo, una altiplanicie que no dependiera de nada, ni sobre la que tuviera que descansar ninguna mesa; una suerte de suelo firme en las alturas...
Cada pilar o pata va conformando una fuerza. Por lógica, la desmesura en una fuerza, o en dos, o en tres (estén coordinadas o no), puede romper el equilibrio de la mesa.
(Para hablar de un concordato por la felicidad, debería aparecer la palabra sinergia, algo trasnochada, sí, pero que nunca disgusta).
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| El píxel a veces tiene una textura oleaginosa. |
A la mesa, uno se alimenta de un sinfín de actividades, convive con su alrededor, a cobijo, o a la intemperie —sobre todo estando a la intemperie; aquí la dispersión representaría una franca anomalía...—, y bajo ella se suceden pequeñas transgresiones que vulneran irónicamente el mundo: dar a hurtadillas comida al gato, poses de impaciencia, roces de complicidad...
*
En la pata afectiva —en mi caso, un trípode afectivo de tres individuos— opera una suerte de ósmosis transpersonal de fragilidad, ayuda e influencia. (...)17.4.10
La escritura quizá deba leerse con actitud regresiva, tal actitud: la escritura, no como posesión de vida, ni como proyección de vida, ni como su búsqueda. La escritura a lo sumo presupone una vida; la vida así queda relegada a algo supuesto, a mera condición. El lector continuamente debe leer hacia atrás o con la actitud de: hay alguien que vive eso. Es precisamente esa "vida ausente" que es fundamentalmente "escrito" la que debe ser leída desde la óptica de una vida más general.
2006
27.9.09
Autobiografía y diario íntimo
La autobiografía es la reconstrucción de una vida conforme a una determinada perspectiva escogida, frecuentemente la de los logros públicos. Con todo, el hecho de que el escritor decida narrar toda su vida ya conforma por sí mismo una perspectiva. La autobiografía, el propio escritor, opta a que su vida ya haya sido vivida. Él parece escribir desde ningún sitio.
Inversamente, en el diario la vida determina la perspectiva, más bien un sinnúmero de ellas; es la vida de cada día la que determina una orientación, un modo de pensar, el que domine o no un sentimiento, un estado de ánimo.
En la autobiografía se produce la elección de una perspectiva en un sentido más directo, voluntario. Se habla no solo de lo que la vida ha hecho de nosotros sino más bien de lo que nosotros aceptamos que así fuera. ¿Aceptamos? Aquí aparece, tras las palabras “vida” y “aceptación”, el problema, quizá inabordable, de la libertad. Con libertad o sin ella, la autobiografía surge de una satisfacción. Resolvemos que este es el momento a partir y desde el cual todo lo anterior debe desplegarse y no cesar de mirar. La autobiografía es una creación (artificial) de destino. El hacernos creer que la libertad nos condujo a lo inevitable.
Dos formas de tiempo.
Diario y autobiografía representan dos formas de concebir el tiempo. La autobiografía se eterniza en su propio presente; en otras palabras, destruye el tiempo: convierte el pasado en simple mirada de regocijo, y el futuro..., no hay futuro: quien habla ya está en el futuro. Se produce, sin embargo, una curiosa paradoja. De una visión al margen del tiempo, al final queda una ilusión de vida y con ella una visión del tiempo actuando. El tiempo, que tanto se desdeñó, al final acabó apareciendo. Con el diario sucede al revés. El diario no le teme al tiempo. No busca otra cosa que atraparlo y describirlo. Pero se ha acercado demasiado; aquello es un lugar devastado por el tiempo, compactado por él. Ahora, al igual que en la biografía, el diario se ha convertido en una realidad sin tiempo. El lector, sin embargo, puede conseguir que esta no sea la realidad definitiva (Ver: La función del lector en el diario íntimo).
Acercamiento del diario a la biografía.
En la autobiografía, cuando se dice “yo fui”, “hice”... se produce una impostura; ese yo no hizo nada, pues todavía no existía. En realidad es un adjudicatario para la acción, una “ilusión” enmascarada. Estrategias de construcción de sentido similares a esta no cesan de aparecer en el diario. La estrategia del día que se acaba es una estrategia autobiográfica, reconstructiva. Quien escribe no escribe porque se acaba el día, sino a la inversa: el día se acaba cuando el diarista se propone escribirlo. Esta es su estrategia unificadora, una manera para contener el tiempo, una manera de eludirlo también, de eternizarse.
El narrador en la autobiografía.
La autobiografía también tiene sus contradicciones: depende de un narrador que debiera integrarse lo máximamente posible a su personaje, cuando en realidad no deja de tener autonomía y un dominio sobre él. Dicho de otro modo: no es cierto que en la biografía haya una identidad entre autor, narrador y personaje. Es más bien un proceso de identificación impuesto y forzado, por ende, no resuelto. El narrador pretende imponer un camino al personaje que este jamás recorrió. Ni siquiera ese narrador es el propio autor; en este sacrificio que el narrador pretende pergeñar, también buena parte del autor va desapareciendo.
En la auto-biografía se produce una disociación: el autor para conocer su personaje ha tenido que crear a un tercero (el narrador) que le garantice tal conocimiento, personaje de coherencia y a la vez figura de autoridad que también le supone evitar dar explicaciones.
Afinidades entre la autobiografía y el diario.
Autobiografía y diario pretenden preservar, a partir de sus respectivas estrategias, la vida en el escrito. Al leer un diario o una biografía se tiene la sensación de que alguien ha pretendido custodiar una información y cree que no merecería perderse. La información del diario quizá es más minuciosa, más dispar, la de la autobiografía es más homogénea, más engarzada. El diario pretende custodiar la información de la vida en el mismo instante que esta se produce, aparentemente sin reconstrucción; la autobiografía quizá busca un porqué más genérico de las actuaciones. Pero no faltan en la autobiografía detalles, instantáneas, claramente diarísticas, como tampoco falta en el diario el afán de trascendencia, de sentido (y que a veces parece notarse con una escritura un tanto descuidada, como si se le quitara importancia, como si la buscara en otro sitio...) más bien típicos de la autobiografía.
En realidad, el biógrafo ha querido fijar una parte de su vida, de la misma manera en que el diarista quiere fijar una parte de su vida a través del día. Autobiógrafo y diarista deberían creer por igual que con sus respectivas escrituras siempre habrá una realidad de ellos mismos que queda apartada. Dicho de otra manera: ni la propia autobiografía deja de ser en realidad un breve diario, un diario con una enorme e ilusa confianza en uno mismo. Debería saber que cada día podría escribirse de nuevo.
Autobiografía y confesión.
Toda autobiografía es una confesión encubierta. San Agustín, ejemplo paradigmático, a partir de su conversión al cristianismo, reinterpretó toda su vida anterior como un camino que tendía inexorablemente hacia esa nueva vida. En la autobiografía sucede lo mismo: toda una vida no ha tenido sentido hasta que no se le ha dado una explicación; para ello hay que manipular el conjunto de esa materia previa, llenarla de dirección, de télos. La persona autobiografiada ahora cree entender lo que antes solo vivía. Se introduce luz, la necesidad. Visto así, el diario sería la escritura de esa vida sin entender. El diario conformaría el material en bruto para una futura biografía. El diarista, sin embargo, podría replicar que entiende todo lo que vive, que precisamente vivir es la mejor manera de entender las cosas, o que no quiere entender como aquél entiende, o simplemente que no quiere entender.
Autobiografía y diario desde la luz pública.
A diferencia de la autobiografía, el fin del diario no es la prosecución de fines (logros) o de una perspectiva. Su tema es el yo para adentro. Un diario es otra forma de habitar en uno mismo. Al escritor de diarios no deben interesarle las gestas de su persona; sus gestas son sus pequeños acontecimientos y no se narran por su sentido en sí sino por su sentido para el yo. En el diario no suelen narrarse grandes hazañas, pues esa grandeza viene en parte determinada por el tiempo y por la propia perspectiva reconstructiva, que el diario no busca pero que por su inmediatez tampoco podría conseguir.
¿Es la autobiografía la mejor herramienta hermenéutica para llegar a entender a un ser humano? Quizá sea la mejor herramienta para entenderlo, pero no enteramente. La autobiografía habla desde el reconocimiento, desde la luz pública. Se escribe no solo para un público sino desde lo público. Implícitamente dice: la esencia de la persona es aquello visible, tangible, racional. No en vano las primeras biografías fueron fruto de grandes gestas, cosas bien visibles, característica que todavía permanece. Externalidades, en definitiva. El autobiógrafo tomándose a sí mismo como héroe.
10.9.09
La verdad poética

No es devaluar la poesía entenderla, ante todo, como una actitud hacia el lenguaje. Creer que las palabras nos hablan y que nos hablamos a nosotros mismos a través de ellas es una verdad poética. Ser poeta es creer que las palabras te serán devueltas; él jamás pensará que son vacías, porque vive en ellas. Las palabras le protegen, le ocultan. El poeta no ilumina nada, ve en lo oscuro lo que para nosotros y para la propia escritura será siempre un resto indescifrable... Dejarse engañar por el lenguaje tiene su justa compensación: habitar en él.
La poesía es llegada, satisfacción, punto de encuentro. La poesía es la maldad más bella del lenguaje: esa tranquilidad que transmite a pesar del resto indescifrable que oculta. ¿O acaso nos protege de él?
Entiendo el lenguaje, en cambio, como lucha, escritura propia, a la contra y contra uno, algo que solo se consigue inquiriéndome con la primera persona, creándome una necesidad de disgusto. Palabras a las que fuerzo a hablar y aun así enmudecen, y así quiero que sea, porque tampoco me creería sus verdades…, aunque al final, en contra de las mismas palabras que le alejan, a uno le queda esa soledad desnuda donde asirse, y que parece poderse escribir.
Sigo pensando que poesía es descubrir que el lenguaje te es propio. Es esa noción amplia y simple; algo más allá de la belleza sonora, por mucho que belleza también sea conocimiento.
Igualmente, busco verdades con las palabras, pero sin aceptar de estas la parte de su engaño, sin dejarme (porque tampoco podría) encerrar en ellas. Pues también quiero que ellas se rebelen, que estén, estemos, a una en busca de algo que, sí, esta vez se escapa hacia una ignorancia definitiva (mientras que la poesía es engaño sin ignorancia). Incluso el poema más desesperado cobra equilibrio y serenidad a través de las palabras que lo cobijan.
Aun así, no ceso de pensar que la poesía merodea en la prosa a través del conflicto y en momentos de mayor tensión…
Pero la poesía es mi enemiga. Ella amansa las almas más tristes. El conflicto y el sufrimiento de un hombre se tornan en el mar calmado del verso, para mí envenenado.
Pienso que la poesía juguetea (¿pero podría hacer más?) con la idea. De la poesía sólo nos llegan los destellos de una verdad aprisionada. Son tales destellos densos, nacidos de las imprecisiones de las palabras, lo que convierte al poema en poema.
Busco la permanente cuestión, la redefinición de todo. Aunque sí: tengo esa visión de la poesía como encontrar la paz en la palabra y, asimismo, y tal vez para negarla, una visión del genio poeta como exponente del más alto conocimiento, y su lenguaje como la mayor transparencia. Porque, al final, uno acaba aceptando aquello de lo que huye, en virtud de la coherencia con el conflicto que de manera perenne persigue y encuentra a través de su escritura.
31.8.09
La función del lector en el diario íntimo
En realidad, todo género exige la dimensión crítica de un lector, de quien en buena parte dependerá como tal género. Todo género se hace a fuerza de lectura. Sin embargo, lo que al “diario” personal o íntimo lo convierte en este aspecto particular es que, dependiendo de una lectura u otra, aquel puede quedar destruido como género y quizá también el sentido que tuvo para quien lo escribió.
En una novela o en una autobiografía es todavía posible una lectura evasiva o ese lector-pantalla sometido al desfile de la trama sin que el género se vea perjudicado (más bien lo contrario). La solidez de la novela —que incluso tantas transgresiones permite— posibilita diversos modos de lectura.
Esta lectura evasiva corrompe la esencia (frágil y conflictiva) del diario. El diario depende esencialmente de un tipo de lectura en la que el lector interviene activamente en la creación de un mundo propio. Para ello, aquel debe mantener vivas todas las tensiones que se producen en un diario.
A mayor intimidad y subjetividad escritas (el yo poético, por ejemplo, el yo del diario...) más necesaria se hace la dimensión de un lector (público). En el diario, el lector ejerce de un contrapeso indispensable. No es solo un contrapeso reequilibrador de fuerzas; no se trata de luchar contra lo íntimo o subjetivo con dosis de interpretaciones objetivantes, explicativas, de apuntalar el texto con supuestas intenciones, de convertir algo en gran parte misterioso en otra cosa más razonable. Se trata de recibir este ser como lo problemático que es; ni renegar de él, ni aceptarlo llanamente con una supuesta comunión o empatía, estériles en todo caso. Si se actuara así, por de pronto se rompería la barrera más básica entre su vida y su obra. Es difícil hacer inferencias desde un lugar hacia otro aunque estas conexiones existan innumerablemente.
Una función más bien negativa.
En un diario nada se escribe por nada; existen un sinfín de motivaciones silenciosas que realmente están explicando lo que se dice en otros términos (pues quizá lo que se dice difícilmente podría decirse en escritura). La función del lector es más bien negativa: se trata de no hacer hablar esas motivaciones silenciosas. A veces (aunque eso complique al escrito) basta con tener la prudencia de no acercarse demasiado...
El lector no podrá más que buscar en el interior de las palabras, no contará con el valioso mundo de los motivos e intenciones que acompañan al que escribe. El lector deberá ser lector de un pensamiento instalado en el lugar del escrito. El lector sólo está en manos del lenguaje, que no es el mundo del escritor de diarios, aunque dependa de él en la medida que usa el diario para narrar su vida.
El lector, restaurador del tiempo.
El lector es el único que puede leer los días, es el único que puede leer el vacío, espacio o tiempo entre un día y otro, sentir el hiato. El lector es el único que puede luchar contra el continuismo de la escritura. El diario, amigo en apariencia tan íntimo de quien lo escribió, fue el primero en traicionarle. Definitivamente, aquello no consiguió emular el paso del tiempo; ahora el diario (el lenguaje) lo ha compactado todo dándole una terrible continuidad. Si sus contradicciones se salvaban a través del paso del tiempo, ahora aquellas se nos antojan como definitivas. El diario es un producto de nuestra temporalidad, pero la temporalidad misma allí no se refleja, más bien sus frutos. De ese fluir constante y continuo aparecen instantáneas, segmentos que en realidad nunca pudieron separarse.
El ser ya es problemático antes de su fijación escrita, pero en la vida cuenta con el favor del tiempo, que no se da en el lenguaje. La lectura, sin embargo, puede restaurar eso, puede “dar vida” —tiempo— a algo muerto (el lenguaje), intentar aproximarse (y debe contentarse con el intento) al ser originario.
En la lectura de un diario las paradojas cobran vida, la máquina de la vida reemprende su rumbo...
Atender a diversos focos.
La lectura de un diario es tan problemática como el diario mismo; leer un diario es compartir su problema. El lector debe atender a diversos focos.
El lector debe ayudar al escritor a destruir lo que el diario está construyendo. El lector debe mantener vivas las fracturas y fisuras, los días y los espacios para que aquello no parezca ilusoriamente ensamblado en la realidad de la escritura, siempre continua. La lectura también es esencialmente unificadora, seguidora de la unión, testimonio privilegiado del texto. Visto así, la lectura del diario tiene que luchar contra sí misma.
A la vez, el lector no debe dejar de construir lo que en el diario ya está destruido. Un diario no deja de ser el testimonio de un fracaso. Un fracaso que terminó con la muerte, que ni la muerte logró una solución. A partir de ahí el lector debe intentar construir (o descubrir) ese sentido que el propio escritor no pudo conseguir con su diario. El lector propone con su lectura una alternativa al diario, otra forma de vida (¿y no es eso lo que siempre busca el escritor?).
Un lector por encima.
El diario no solo se entrega a una futura relectura o al escritor mismo como lector. También se entrega a un lector imaginario. El dios del diarista significa que sus palabras podrán ser escuchadas. Esta creencia en un dios que lo ve todo desde arriba condiciona la escritura del diario. En el fondo, uno ya no puede escribir sin dejar de pensar en ello. Eso es beneficioso para él y para su diario. Siguiendo en la comparativa teológica (no sé si del todo lograda), ese lector no es el dios veterotestamentario que coarta y es temido, es un dios más humanizado que crea lazos de confianza. El lector es tan confidente como el propio diario. El diario agradece la presencia benévola de un lector, un motivo añadido para hacerse más comprensible.
5.5.09
La escritura no debe entenderse como algo que encierra vida, o solo así. De esta manera se podría entender la vida como algo muerto, o simplemente como algo; como el concepto que no es. Se le daría un enorme poder al lenguaje que no tiene; se perdería, a su vez, la humanidad del lenguaje. Lo que no es concepto cobraría vida como concepto; lucharía contra el lenguaje. Y el lenguaje insistiría en que no hay lucha, que hubo un eterno acuerdo. Este poder contrariamente volvería débil al lenguaje porque en realidad el lenguaje perdería su concepto de vida, la vida que siempre ha ido con él, perdería incluso su ilusión.
4.5.09
La ventaja del escritor: un matiz
El escritor cuenta con lo que no ha escrito para comprender su escritura. Es conocedor de esa motivación silenciosa, de esos estados previos al acto de escribir, con quienes la escritura no es impermeable. La escritura, no lo excluimos, puede surgir de un acto arbitrario, previo a toda voluntad de escribir (y un escritor debe saber motivar y activar tales momentos inesperados), pero también aquel sabe por qué escribe, de dónde surge su impulso lejano. Sabe que ha escrito todo eso; conoce lo que no ha escrito, puede que incluso escribiera esto para no tener que escribir aquello..., poseyendo así el símbolo de algo que ha eludido.
Apenas tendrá luego que entrar en ese otro mundo de descifrar el lenguaje, tan lleno de exageraciones y malentendidos.
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