La autobiografía es la reconstrucción de una vida conforme a una determinada perspectiva escogida, frecuentemente la de los logros públicos. Con todo, el hecho de que el escritor decida narrar toda su vida ya conforma por sí mismo una perspectiva. La autobiografía, el propio escritor, opta a que su vida ya haya sido vivida. Él parece escribir desde ningún sitio.
Inversamente, en el diario la vida determina la perspectiva, más bien un sinnúmero de ellas; es la vida de cada día la que determina una orientación, un modo de pensar, el que domine o no un sentimiento, un estado de ánimo.
En la autobiografía se produce la elección de una perspectiva en un sentido más directo, voluntario. Se habla no solo de lo que la vida ha hecho de nosotros sino más bien de lo que nosotros aceptamos que así fuera. ¿Aceptamos? Aquí aparece, tras las palabras “vida” y “aceptación”, el problema, quizá inabordable, de la libertad. Con libertad o sin ella, la autobiografía surge de una satisfacción. Resolvemos que este es el momento a partir y desde el cual todo lo anterior debe desplegarse y no cesar de mirar. La autobiografía es una creación (artificial) de destino. El hacernos creer que la libertad nos condujo a lo inevitable.
Dos formas de tiempo.
Diario y autobiografía representan dos formas de concebir el tiempo. La autobiografía se eterniza en su propio presente; en otras palabras, destruye el tiempo: convierte el pasado en simple mirada de regocijo, y el futuro..., no hay futuro: quien habla ya está en el futuro. Se produce, sin embargo, una curiosa paradoja. De una visión al margen del tiempo, al final queda una ilusión de vida y con ella una visión del tiempo actuando. El tiempo, que tanto se desdeñó, al final acabó apareciendo. Con el diario sucede al revés. El diario no le teme al tiempo. No busca otra cosa que atraparlo y describirlo. Pero se ha acercado demasiado; aquello es un lugar devastado por el tiempo, compactado por él. Ahora, al igual que en la biografía, el diario se ha convertido en una realidad sin tiempo. El lector, sin embargo, puede conseguir que esta no sea la realidad definitiva (Ver: La función del lector en el diario íntimo).
Acercamiento del diario a la biografía.
En la autobiografía, cuando se dice “yo fui”, “hice”... se produce una impostura; ese yo no hizo nada, pues todavía no existía. En realidad es un adjudicatario para la acción, una “ilusión” enmascarada. Estrategias de construcción de sentido similares a esta no cesan de aparecer en el diario. La estrategia del día que se acaba es una estrategia autobiográfica, reconstructiva. Quien escribe no escribe porque se acaba el día, sino a la inversa: el día se acaba cuando el diarista se propone escribirlo. Esta es su estrategia unificadora, una manera para contener el tiempo, una manera de eludirlo también, de eternizarse.
El narrador en la autobiografía.
La autobiografía también tiene sus contradicciones: depende de un narrador que debiera integrarse lo máximamente posible a su personaje, cuando en realidad no deja de tener autonomía y un dominio sobre él. Dicho de otro modo: no es cierto que en la biografía haya una identidad entre autor, narrador y personaje. Es más bien un proceso de identificación impuesto y forzado, por ende, no resuelto. El narrador pretende imponer un camino al personaje que este jamás recorrió. Ni siquiera ese narrador es el propio autor; en este sacrificio que el narrador pretende pergeñar, también buena parte del autor va desapareciendo.
En la auto-biografía se produce una disociación: el autor para conocer su personaje ha tenido que crear a un tercero (el narrador) que le garantice tal conocimiento, personaje de coherencia y a la vez figura de autoridad que también le supone evitar dar explicaciones.
Afinidades entre la autobiografía y el diario.
Autobiografía y diario pretenden preservar, a partir de sus respectivas estrategias, la vida en el escrito. Al leer un diario o una biografía se tiene la sensación de que alguien ha pretendido custodiar una información y cree que no merecería perderse. La información del diario quizá es más minuciosa, más dispar, la de la autobiografía es más homogénea, más engarzada. El diario pretende custodiar la información de la vida en el mismo instante que esta se produce, aparentemente sin reconstrucción; la autobiografía quizá busca un porqué más genérico de las actuaciones. Pero no faltan en la autobiografía detalles, instantáneas, claramente diarísticas, como tampoco falta en el diario el afán de trascendencia, de sentido (y que a veces parece notarse con una escritura un tanto descuidada, como si se le quitara importancia, como si la buscara en otro sitio...) más bien típicos de la autobiografía.
En realidad, el biógrafo ha querido fijar una parte de su vida, de la misma manera en que el diarista quiere fijar una parte de su vida a través del día. Autobiógrafo y diarista deberían creer por igual que con sus respectivas escrituras siempre habrá una realidad de ellos mismos que queda apartada. Dicho de otra manera: ni la propia autobiografía deja de ser en realidad un breve diario, un diario con una enorme e ilusa confianza en uno mismo. Debería saber que cada día podría escribirse de nuevo.
Autobiografía y confesión.
Toda autobiografía es una confesión encubierta. San Agustín, ejemplo paradigmático, a partir de su conversión al cristianismo, reinterpretó toda su vida anterior como un camino que tendía inexorablemente hacia esa nueva vida. En la autobiografía sucede lo mismo: toda una vida no ha tenido sentido hasta que no se le ha dado una explicación; para ello hay que manipular el conjunto de esa materia previa, llenarla de dirección, de télos. La persona autobiografiada ahora cree entender lo que antes solo vivía. Se introduce luz, la necesidad. Visto así, el diario sería la escritura de esa vida sin entender. El diario conformaría el material en bruto para una futura biografía. El diarista, sin embargo, podría replicar que entiende todo lo que vive, que precisamente vivir es la mejor manera de entender las cosas, o que no quiere entender como aquél entiende, o simplemente que no quiere entender.
Autobiografía y diario desde la luz pública.
A diferencia de la autobiografía, el fin del diario no es la prosecución de fines (logros) o de una perspectiva. Su tema es el yo para adentro. Un diario es otra forma de habitar en uno mismo. Al escritor de diarios no deben interesarle las gestas de su persona; sus gestas son sus pequeños acontecimientos y no se narran por su sentido en sí sino por su sentido para el yo. En el diario no suelen narrarse grandes hazañas, pues esa grandeza viene en parte determinada por el tiempo y por la propia perspectiva reconstructiva, que el diario no busca pero que por su inmediatez tampoco podría conseguir.
¿Es la autobiografía la mejor herramienta hermenéutica para llegar a entender a un ser humano? Quizá sea la mejor herramienta para entenderlo, pero no enteramente. La autobiografía habla desde el reconocimiento, desde la luz pública. Se escribe no solo para un público sino desde lo público. Implícitamente dice: la esencia de la persona es aquello visible, tangible, racional. No en vano las primeras biografías fueron fruto de grandes gestas, cosas bien visibles, característica que todavía permanece. Externalidades, en definitiva. El autobiógrafo tomándose a sí mismo como héroe.
