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8.1.11

Echo de menos la cala del nordeste de la isla, escondida entre pinos y por ello intensamente verde. A partir de este deseo, he pensado en el mar, o el agua, o la cala oscura, bellamente oscura, quizá debería decir que sombría, bellamente sombría, también; una cala cuya orilla está al cobijo de un árbol tropical plantado a escasa distancia del agua, de grueso tronco y raíces arácnidas. (Asocio ese árbol a los manatís y a baobabs saint-exuperianos). Aunque golpea un sol de las cuatro de la tarde, la sombra oblicua que deja aquella copa es de una opacidad casi infranqueable, impregnando un color verdoso-negro a toda una franja acuática.  Pequeñas gotas de luz se dejan caer en el mar a pesar de las hojas frondosas.  Salvo la sombra definida, el resto del paisaje refleja un blanco soleado que impide ver los colores naturales. La arena del fondo aparece extrañamente habitada; hay unos mini cráteres similares a los hormigueros en verano. Y digo extrañamente porque debajo del agua me parece más raro que los animales escarben... También en lo hondo, como en la cala del nordeste, están los animales que reciben del mallorquín un impúdico nombre que no referiré.

El paraje se asemeja más a un lago, tal vez un río remansado, que, por ejemplo, al agua de una bahía. Sin embargo, los lagos normales se me antojan menos proclives al movimiento de las olas.  Quizá en lugar de lagos esté pensando en embalses, donde no puedes nadar más de un pequeño tramo adentro sin abismarte. No es tampoco la oscuridad turbia de los pantanos, su verde malvado tras el cual se intuyen los coches hundidos... No: el mar del que hablo es poco profundo, incluso en lo más remoto. No le concedo mucho más de medio metro de hondura. Como algunas playas: hay en ellas tal acúmulo de arena bajo el agua, que, al adentrarte, pareces estar ascendiendo... Estás lejísimos de la ribera pero tu acompañante todavía puede verte las rodillas.

En realidad, debería poder escribir y escribiré que soy feliz (entre comillas, en cursiva, o inherentemente).

24.5.10

(…) Al ser la tierra infinita (aunque limitada por abismos), siempre hubo algunos viajeros dispuestos a batir el récord de quién llegaba más lejos. Si eran pocos los que se atrevían a partir, menos todavía eran los que regresaban (entre otras razones, porque encontraban un lugar mejor). El récord nunca imbatido fue de quien, siendo joven, se alejó durante treinta años y volvió al punto de origen, ya octogenario. Pero me daba cuenta, y lo calculé, que las mujeres ancianas que nunca salieron del país apenas habían caminado menos que los viajeros.

Los países estaban separados por abismos. Había abismos prácticamente invisibles, de tan pequeños que eran, pero los había enormes también. La historia te enseña que hay que olvidarse de esos abismos tan gruesos. Una vez se intentó construir un gran puente, pero aquella distancia excedía la idea de “límite”; asimismo la idea de “puente” no servía para el otro lugar. El puente, en un punto más allá de la niebla a la que atravesaba, se resquebró y nada se supo de aquel intrépido voluntario ni de su llegada al otro lado... Tiempo después se fabricó otro para saber qué había salido mal y yo mismo me presté como voluntario para cruzarlo. Esta vez el extremo del puente se había asentado en un pequeño saliente, uno de tantos, de un acantilado inabordable. Imaginé que el anterior voluntario lo habría escalado, creyendo que el nuevo lugar se encontraba a otro nivel superior, no dándose cuenta de que el país era el propio acantilado... Quizá se metió en una cueva, cansado. Cualquier desgracia habría sido una suerte para él, con tal de no esperar.

Concluimos que hay numerosos mundos y que debemos olvidarnos de los grandes abismos, pues separan lugares netamente diferentes. Nunca se encontró un mundo enfrente del otro, o sobre el otro, sin abismo interpuesto, o que un viajero descubriera un muro altísimo y regresara para contarlo.

30.9.09

Dos horas después


Aparqué el coche. Crucé la entrada y fui a visitarle. El abuelo estaba sentado encima de un pequeño taquillón. Le rodeaba un marco. No su aura, un marco. Le aplastaba un cristal. Varias macetas le resguardaban, bien regadas, intensamente verdes, algunas de ellas florecidas. Intenté hablar con él desde la puerta de hierro forjado. Fue un buen principio para la memoria involuntaria. Pero ella no me permitió imaginar una conversación, imaginar unas palabras, ni siquiera las mías. Entiendo ahora que la conversación ya se había producido con solo acudir allí. Tras esa imposibilidad de recuerdo, aparecieron. Decían: sí, sí, sí...

El abuelo me daba razón en todo. Seguro.


27.9.09

Regreso cercano


Romeo fue a la calle Aribau. Allí todavía permanecían intactos sutiles detalles. Por ejemplo: los garabatos escritos a tiza doce años antes en una pared. También había coches distintos, alguna casa nueva, otras fachadas cambiadas..., pero aun así lo viejo ganaba a lo nuevo. Los mismos adoquines de la acera, el mismo portal, las mismas suciedades. Se fijó en una mancha del suelo e intentó el absurdo de recordarla. Cuando veía los árboles de siempre, la impresión era algo mayor, sintiendo el calor de una extrañeza distinta del simple recuerdo o reconocimiento. (...)

Al narrador le hubiera gustado escribir que Romeo fue absorbido por aquel árbol cuyos frutos parecían tamarindos. (...)





17.6.09

El único y su propiedad. El único, el único



Sepan, de todas maneras, cuántos hay. Créanme si digo que hay veinticuatro: veinticuatro exactos. Por favor, créanme, de verdad. No me miren a mí, sé lo que me digo; es allí donde tienen que girarse. Los he visto, tocado, incluso uno de ellos me ha saludado, como si pudiera hacerlo… Usted, por favor, créame, acabo de ver cómo me sonreía con descreimiento. ¡Pero qué murmuran! ¿Todavía no lo tienen claro? Es muy simple. El lugar está a menos de diez metros, ahí, detrás de la esquina. No irán, lo sé, no irán... Intuyo que ya no me dejarán ni mover… ¿Me dejarán hablar? Con el tiempo dirán que yo tenía razón.

Y callaréis, y ni siquiera lo hablaréis entre vosotros. ¿Que solo son patitos? No…, sabéis que no solo son patitos, no... Ya no me dejáis hablar, ni abrir la boca, pero no os creeréis ni más felices ni más infelices por ello... Tal vez se os presente un día la sombra de este recuerdo; tal vez oigáis de nuevo mis palabras... Una extraña inquietud aparecerá. A partir de aquí ya no puedo precisar nada; quizá os dirigiréis a este mismo lugar y buscaréis tras la esquina, quizá os aparezcan en otro sitio.

Ahora llevadme donde os venga en gana.


 
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