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9.3.12






La muerte es un enfrentamiento entre el qué ha pasado y el pensarla totalmente. Al estupor del qué ha pasado, que se asemeja a la ignorancia, y en la muerte lo es, hay que añadirle el golpe de lo que sin remedio se asimila. Un total enfrentamiento y una victoria de la totalidad del pensamiento de la muerte. Y sigue habiendo un enfrentamiento. Y una victoria. Y enfrentamiento. Y victorias. Y enfrentamientos.

El qué ha pasado es víctima de la creencia de que todo está puesto para mí: mi vida, la historia, el mundo. Toda la realidad, amplia realidad, está hecha para mi uso y disfrute. Esa realidad intenta despersonalizarse, adquirir su consistencia inalienable (diría más: ser ajena a todo sufrimiento). Con la muerte —pero no debemos pensar en estos términos, “la muerte”, sino como sentimiento y enfrentamiento de su total pensamiento—, el mundo renuncia a vencer (a acabar), el mundo en una forma precisa, conflictivamente precisa: mi mundo, el mundo-en-bloque-allí, pero sobre todo el férreo hilo con que a él nos atamos; todo (lo que él) es mundo, incluso el él es mundo. En la percepción fruto de la época moderna de que el mundo es, y es representación, no dejamos de renunciar al hecho de que somos parte esencial del mundo; un resto indesprendible de idealismo que consiente ser parte del mundo; la fenomenología es eso: la idea se desprende del mundo, de él proviene.

En cambio, el pensamiento total es un regreso, la total imputación del mundo que nos culpabiliza. El mundo nos hace culpables (y ahora el peor mundo: yo como parte de él) de una especie de engullimiento. El hilo de seguridad en un mundo es quien lo padece: quien lo padece aferrado en un..., en unos Ahora! Ahora! eternizantes, repetitivos...

El problema de la muerte, que pienso que se soluciona (entendámonos, quise decir algo así como “soluciona”) en ese engullimiento, es que luego exige de todas todas (y es una exigencia teórica determinante) un ethos ante la vida. El problema es que el ethos es un problema ante el problema de la muerte.

Mantiene punzadas al olvido, convierte en irrisorias (si es que en realidad ya no queremos hablar de eso…) actitudes de eso precisamente: olvidarse en forma de tópicos de lo más encauzados; renuncias… (Repito: ya no queremos hablar de eso). Los tópicos al uso despiertan actitudes contrarias. Bien está quien puede vivir de ellos, quien puede de ellos hacer su vida, hacer lo que quiera que sea su vida con ellos. Pensamiento, este, el mío (se hace mío), que quiere despertar... y que nos sitúa a lo teorético (quiero decir: a lo puramente somático). Si no aceptas, vives irremediablemente, eres el olvido; entonces vives (con la desgracia de una mayor o menor intermitencia) este problema teorético del principio.

Intenté ser neutral… y acabó por aparecer la palabra desgracia (palabra que sólo Peter Handke supo escribir con la ortografía correcta) pero quizás haya otros ethos plausibles (otra palabra de yerro irónico).

No prorrogar. No dejar de hacerlo. Y en el ínterin (en realidad no estamos hablando de tiempo sino de suerte), con suerte podremos, podremos…

(Dejen que aparezca este paréntesis que exime, y discúlpenme, toda elocuencia. Acto seguido de podremos, podremos… continuaba: Te quiero, amor mío...).

(…)

Y la sensación de que esto puede reducirse. Ni siquiera Luego: tiene que ser Y. Ni la sensación.



24.1.10

«Prefiero ser el que espera que el esperado».
PETER HANDKE, Historia del lápiz.

Es esencial remarcar que esta frase de división enigmática, incluso aparentemente ridícula, no está sacada de contexto. Pertenece al rango de los aforismos. Gran parte del sentido de un aforismo (a diferencia de un ensayo filosófico, pero incluso de un poema) reside en que, amén de pretender haber descubierto una verdad —para un aforismo es más importante el "ver" que el "ser"—, debe lograr que uno, al leerlo, tenga la sensación que le hablan, le interpelan, le movilizan.

En su día, pensé ipso facto: "¡Yo también prefiero ser el que espera!" Lo que Handke dice aquí es puro énfasis, no hace falta esperar-nada-de-hecho, y en realidad se explica otra cuestión: apuesto que una forma de estar en el mundo en relación con el yo. El aforismo me parece de una lucha descarnada por ser uno mismo, e implica cierto cuidado de los demás. El que espera es el que vive consciente de que hay otros que están viviendo otra vida, la misma que la tuya, incluso de que te están robando algo... De lo contrario, piensa quien espera, te conviertes en una piedra. Uno no es nadie si no intenta ser otro... y otros... en todo momento. Ser uno mismo con todas sus fuerzas le es insuficiente: él apostó por el o todo o nada. Ese afán terrible de absorberse no es ninguna autocomplacencia; más bien lo contrario: el deseo continuo te impide en todo momento creer que eres algo..., y sin embargo lo crees..., y lo eres... Es divertidísimo... Ver el absurdo de esta empresa (jamás un absurdo tan reconfortante... y mío...) te convierte en doblemente "esperante". Esperar, que no estar quieto, es además la base de toda una moral.
 
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