La muerte es un enfrentamiento entre el qué ha pasado y el pensarla totalmente. Al estupor del qué ha pasado, que se asemeja a la ignorancia, y en la muerte lo es, hay que añadirle el golpe de lo que sin remedio se asimila. Un total enfrentamiento y una victoria de la totalidad del pensamiento de la muerte. Y sigue habiendo un enfrentamiento. Y una victoria. Y enfrentamiento. Y victorias. Y enfrentamientos. El qué ha pasado es víctima de la creencia de que todo está puesto para mí: mi vida, la historia, el mundo. Toda la realidad, amplia realidad, está hecha para mi uso y disfrute. Esa realidad intenta despersonalizarse, adquirir su consistencia inalienable (diría más: ser ajena a todo sufrimiento). Con la muerte —pero no debemos pensar en estos términos, “la muerte”, sino como sentimiento y enfrentamiento de su total pensamiento—, el mundo renuncia a vencer (a acabar), el mundo en una forma precisa, conflictivamente precisa: mi mundo, el mundo-en-bloque-allí, pero sobre todo el férreo hilo con que a él nos atamos; todo (lo que él) es mundo, incluso el él es mundo. En la percepción fruto de la época moderna de que el mundo es, y es representación, no dejamos de renunciar al hecho de que somos parte esencial del mundo; un resto indesprendible de idealismo que consiente ser parte del mundo; la fenomenología es eso: la idea se desprende del mundo, de él proviene. En cambio, el pensamiento total es un regreso, la total imputación del mundo que nos culpabiliza. El mundo nos hace culpables (y ahora el peor mundo: yo como parte de él) de una especie de engullimiento. El hilo de seguridad en un mundo es quien lo padece: quien lo padece aferrado en un..., en unos Ahora! Ahora! eternizantes, repetitivos... El problema de la muerte, que pienso que se soluciona (entendámonos, quise decir algo así como “soluciona”) en ese engullimiento, es que luego exige de todas todas (y es una exigencia teórica determinante) un ethos ante la vida. El problema es que el ethos es un problema ante el problema de la muerte. Mantiene punzadas al olvido, convierte en irrisorias (si es que en realidad ya no queremos hablar de eso…) actitudes de eso precisamente: olvidarse en forma de tópicos de lo más encauzados; renuncias… (Repito: ya no queremos hablar de eso). Los tópicos al uso despiertan actitudes contrarias. Bien está quien puede vivir de ellos, quien puede de ellos hacer su vida, hacer lo que quiera que sea su vida con ellos. Pensamiento, este, el mío (se hace mío), que quiere despertar... y que nos sitúa a lo teorético (quiero decir: a lo puramente somático). Si no aceptas, vives irremediablemente, eres el olvido; entonces vives (con la desgracia de una mayor o menor intermitencia) este problema teorético del principio. Intenté ser neutral… y acabó por aparecer la palabra desgracia (palabra que sólo Peter Handke supo escribir con la ortografía correcta) pero quizás haya otros ethos plausibles (otra palabra de yerro irónico). No prorrogar. No dejar de hacerlo. Y en el ínterin (en realidad no estamos hablando de tiempo sino de suerte), con suerte podremos, podremos… (Dejen que aparezca este paréntesis que exime, y discúlpenme, toda elocuencia. Acto seguido de podremos, podremos… continuaba: Te quiero, amor mío...). (…) Y la sensación de que esto puede reducirse. Ni siquiera Luego: tiene que ser Y. Ni la sensación. |
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9.3.12
1.3.11
Esborrany
Parece algo de la concepción común unir, por una parte, el vivir alegremente y sin entender nada y, por otra, el vivir tristemente con (o debido a) una comprensión de todo (Tarrou en La Peste). Un problema salta por su evidencia: ¿por qué esa ineludible trabazón entre el vivir alegremente y el no entender? ¿Y por qué una tristeza comprendedora? La concepción común parece que busca un equilibrio en virtud del cual la felicidad no malbarate el conocimiento, ni a la inversa. Pero la concepción común empieza a pensar y a dudar de ese punto en equilibrio, siquiera de su posibilidad. ¿Por qué no la alternancia?, y enseguida...: ¿por qué no la alternancia desmesurada, sin orden, extremada en cada cambio, extremadamente cambiante…, involucrándose entre sí todas las oposiciones?
¿No parece que valoramos también en la tristeza la felicidad, como si la creáramos… más allá o junto a todo anhelo? (Anhelo, una palabra llena de pesadumbre, quizás de la peor de todas… —Me parece estúpida—). ¿Acaso la tristeza da que pensar algo que no sea ella misma? ¿Lo que piensa no es sobre todo tristeza sea lo que sea? Y entonces ya no puede ser otra cosa. Las verdades tristes ya no parecen tener lugar de regreso.
¿Pero tristeza por qué?, ¿por pensar demasiado?, ¿por ese demasiado?, ¿por simplemente pensar? ¿Qué extraña lucidez es esa? ¿No hay tristezas ignorantes?, ¿no es la tristeza la gran ignorancia? ¿Es algo?, ¿algo más? ¿No se basta suficientemente a sí misma? Lo mismo podría decirse de la felicidad (…)
¿Damos a entender que entender es alimentar la tristeza primigenia que le da sentido, rostro y dureza?
(…)

17.4.10
La escritura quizá deba leerse con actitud regresiva, tal actitud: la escritura, no como posesión de vida, ni como proyección de vida, ni como su búsqueda. La escritura a lo sumo presupone una vida; la vida así queda relegada a algo supuesto, a mera condición. El lector continuamente debe leer hacia atrás o con la actitud de: hay alguien que vive eso. Es precisamente esa "vida ausente" que es fundamentalmente "escrito" la que debe ser leída desde la óptica de una vida más general.
2006
29.8.09
lo mixto; solución intermedia
nuevo planteamiento (no-solución)
análisis de las partes; recuperar las distintas categorías (claro... , el hablar de "distintas categorías" implica ya el valor de lo distinguible, una renuncia al todo. Y al o todo o nada).
¿Por qué entonces "o todo o nada"? ¿Y qué es?
Renuncias
Nueva solución: la
¿tampoco?

dependencia como la total pasividad
(la dispersión en la escritura no nos tiene que hacer olvidar su sentido —recobradamente escrito; me niego a usar la palabra "espiral"— orgánico. "Orgánico", palabra que ya jamás habrá que explicar.
Y viceversa: lo orgánico es indefectiblemente disperso, tránsfuga)
En el sentido de que por ejemplo
Hablar, no ya de la escritura, sino de esta escritura (materializar el equívoco). Hablar de la escritura en primera persona. Poner el 'yo' y el 'mí' de una vez por todas.
Buscar el sentido en la verticalidad (metaescritura), buscarla —¡buscadla!—, que por sí solo el sentido orgánico —horizontal— (...) deniega y, sin embargo, esa verticalidad rectifica...
He aquí la prueba: he acabado por aparecer; no entiendo esa rectitud de la rectificación. Es una prueba, ¿no? No entender es generar una contradicción que entiende. Lo dije.
Convertir la escritura esencialmente al género "diarístico", en dependencia intrínseca de la actitud (¿o actividad sin freno?) participante del lector. (ver: Función del lector en el diario íntimo).
(la lectura es una metaescritura inicial)
La cuestión de la eminencia.
El punto más alto.
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