Parece algo de la concepción común unir, por una parte, el vivir alegremente y sin entender nada y, por otra, el vivir tristemente con (o debido a) una comprensión de todo (Tarrou en La Peste). Un problema salta por su evidencia: ¿por qué esa ineludible trabazón entre el vivir alegremente y el no entender? ¿Y por qué una tristeza comprendedora? La concepción común parece que busca un equilibrio en virtud del cual la felicidad no malbarate el conocimiento, ni a la inversa. Pero la concepción común empieza a pensar y a dudar de ese punto en equilibrio, siquiera de su posibilidad. ¿Por qué no la alternancia?, y enseguida...: ¿por qué no la alternancia desmesurada, sin orden, extremada en cada cambio, extremadamente cambiante…, involucrándose entre sí todas las oposiciones?
¿No parece que valoramos también en la tristeza la felicidad, como si la creáramos… más allá o junto a todo anhelo? (Anhelo, una palabra llena de pesadumbre, quizás de la peor de todas… —Me parece estúpida—). ¿Acaso la tristeza da que pensar algo que no sea ella misma? ¿Lo que piensa no es sobre todo tristeza sea lo que sea? Y entonces ya no puede ser otra cosa. Las verdades tristes ya no parecen tener lugar de regreso.
¿Pero tristeza por qué?, ¿por pensar demasiado?, ¿por ese demasiado?, ¿por simplemente pensar? ¿Qué extraña lucidez es esa? ¿No hay tristezas ignorantes?, ¿no es la tristeza la gran ignorancia? ¿Es algo?, ¿algo más? ¿No se basta suficientemente a sí misma? Lo mismo podría decirse de la felicidad (…)
¿Damos a entender que entender es alimentar la tristeza primigenia que le da sentido, rostro y dureza?
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