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8.11.13



En el castillo, aquella mujer trabaja recuperando cristales rotos para hacer pendientes y puntos de libro. Poco después de entablarse una conversación, me ha hecho saber cuánto me parecía a un amigo suyo que había fallecido. Cosas mejores no me habrían podido decir...

Hay algo más allá de la anécdota de una timidez, entremetida timidez..., en común. De todo lo compartido, yo no soy lo que nos separa. A mí me falta algo y puedo aspirar a conseguirlo (de hecho, ya me lo dan...), y será un dulce fracaso y a la vez gran logro llegar a ser como el otro y con el otro a mi lado, detrás de mí, bajo su auspicio.

Será mi ángel guardián por ser él a quien custodio. Dulce retribución, también. Dulcísima.

Te desplazas y te acercas a tu semejante, a la semejanza...


29.10.13





"Paula, niña mía, me consumo entre lágrimas mientras te llamo y gimo por ti, hijita.

Mis lamentos resuenan en la muda losa y en la odiada tumba, que han apagado el sol de mis entrañas.

¡Oh sepulcro! ¡Divinidad! ¡Deja que mi niña Paula se acerque un momento a la luz! ¡Concededme verla de nuevo! Ningún reproche te va a hacer por ello la diosa Perséfone, Hades, si despiertas a mi hija.
Aunque sea en sueños.

Adiós, Paula, niña buena".

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Con el miedo a la muerte se pierde el relevo del moribundo, esa totalidad de una vida que la muerte siempre comunica. Para el moribundo, como en las palabras, la mejor manera de morir (o, lo mismo, que se recuerde lo mejor de uno) es siendo escuchado. Una muerte sin este relevo es una muerte inacabada y a la vez continua. Nuestro miedo impide acercarnos a quien le llegó su hora, nos negamos a todo relevo de enseñanza, de sabiduría, nos negamos a la reflexión del último instante, pues un moribundo siempre habla. Y así se empieza a prorrogar un momento para recordar la vida del difunto, pero ese momento nunca acaba de llegar.

El miedo a la muerte transforma el sentido del duelo, y no solo en su acortamiento. El duelo es el tránsito que se inicia con una vivencia de la muerte y termina con el recuerdo del vivo. Hay primero que transitar por esa vivencia de su muerte para llegar al verdadero recuerdo de su vida, de todo él. Con el miedo continuo a la muerte ese tránsito se ha vulnerado, pues temer a la muerte es hacerla más presente, y eso impide el recuerdo de quien vivió. Se vive hoy un duelo debilitado por un olvido que prontamente quiere arrasar la muerte, pero a la vez continuo porque el miedo y con él la presencia de la muerte no desaparecen.

El difunto siempre es visto como difunto; no sabemos enfrentarnos al ser del muerto como si del ser de un vivo se tratara, y así perdemos lo que tememos recuperar. En su lenguaje silencioso el moribundo sólo pide su captura, el reencuentro, y no, lo cual es lo contrario, que persistamos en la mera nostalgia por lo perdido. Si todos queremos ser llorados al morir, no es solo para confirmar en vida que nos quieren, ni para que nos sigan queriendo después, sino para que nos quieran como vivos (y como vivas las enseñanzas), que sepan enfrentarse al fantasma con la mayor benevolencia y justicia y que se remonten a la muerte y al tiempo que nos mató, para vernos tal que personas. Solo así es posible hacer memoria.

El luto ha finalizado y el “era de tal modo”, lejos de persistir en mera nostalgia por lo perdido, es un ir en su búsqueda, un encontrarlo, un reconocer. Capturar el ser que se escondió tras un muerto y enfrentarlo, memoria con memoria, a sí mismo. Y este es el sentido por el cual decimos que el duelo ha finalizado; cuando rompemos la ilusión (y tabú) de la muerte como algo destructor del ser y, contrariamente, nos damos cuenta de que ella nos permite hablar en propiedad de esencia y comunicarla.


9.3.12






La muerte es un enfrentamiento entre el qué ha pasado y el pensarla totalmente. Al estupor del qué ha pasado, que se asemeja a la ignorancia, y en la muerte lo es, hay que añadirle el golpe de lo que sin remedio se asimila. Un total enfrentamiento y una victoria de la totalidad del pensamiento de la muerte. Y sigue habiendo un enfrentamiento. Y una victoria. Y enfrentamiento. Y victorias. Y enfrentamientos.

El qué ha pasado es víctima de la creencia de que todo está puesto para mí: mi vida, la historia, el mundo. Toda la realidad, amplia realidad, está hecha para mi uso y disfrute. Esa realidad intenta despersonalizarse, adquirir su consistencia inalienable (diría más: ser ajena a todo sufrimiento). Con la muerte —pero no debemos pensar en estos términos, “la muerte”, sino como sentimiento y enfrentamiento de su total pensamiento—, el mundo renuncia a vencer (a acabar), el mundo en una forma precisa, conflictivamente precisa: mi mundo, el mundo-en-bloque-allí, pero sobre todo el férreo hilo con que a él nos atamos; todo (lo que él) es mundo, incluso el él es mundo. En la percepción fruto de la época moderna de que el mundo es, y es representación, no dejamos de renunciar al hecho de que somos parte esencial del mundo; un resto indesprendible de idealismo que consiente ser parte del mundo; la fenomenología es eso: la idea se desprende del mundo, de él proviene.

En cambio, el pensamiento total es un regreso, la total imputación del mundo que nos culpabiliza. El mundo nos hace culpables (y ahora el peor mundo: yo como parte de él) de una especie de engullimiento. El hilo de seguridad en un mundo es quien lo padece: quien lo padece aferrado en un..., en unos Ahora! Ahora! eternizantes, repetitivos...

El problema de la muerte, que pienso que se soluciona (entendámonos, quise decir algo así como “soluciona”) en ese engullimiento, es que luego exige de todas todas (y es una exigencia teórica determinante) un ethos ante la vida. El problema es que el ethos es un problema ante el problema de la muerte.

Mantiene punzadas al olvido, convierte en irrisorias (si es que en realidad ya no queremos hablar de eso…) actitudes de eso precisamente: olvidarse en forma de tópicos de lo más encauzados; renuncias… (Repito: ya no queremos hablar de eso). Los tópicos al uso despiertan actitudes contrarias. Bien está quien puede vivir de ellos, quien puede de ellos hacer su vida, hacer lo que quiera que sea su vida con ellos. Pensamiento, este, el mío (se hace mío), que quiere despertar... y que nos sitúa a lo teorético (quiero decir: a lo puramente somático). Si no aceptas, vives irremediablemente, eres el olvido; entonces vives (con la desgracia de una mayor o menor intermitencia) este problema teorético del principio.

Intenté ser neutral… y acabó por aparecer la palabra desgracia (palabra que sólo Peter Handke supo escribir con la ortografía correcta) pero quizás haya otros ethos plausibles (otra palabra de yerro irónico).

No prorrogar. No dejar de hacerlo. Y en el ínterin (en realidad no estamos hablando de tiempo sino de suerte), con suerte podremos, podremos…

(Dejen que aparezca este paréntesis que exime, y discúlpenme, toda elocuencia. Acto seguido de podremos, podremos… continuaba: Te quiero, amor mío...).

(…)

Y la sensación de que esto puede reducirse. Ni siquiera Luego: tiene que ser Y. Ni la sensación.



 
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