Aparqué el coche. Crucé la entrada y fui a visitarle. El abuelo estaba sentado encima de un pequeño taquillón. Le rodeaba un marco. No su aura, un marco. Le aplastaba un cristal. Varias macetas le resguardaban, bien regadas, intensamente verdes, algunas de ellas florecidas. Intenté hablar con él desde la puerta de hierro forjado. Fue un buen principio para la memoria involuntaria. Pero ella no me permitió imaginar una conversación, imaginar unas palabras, ni siquiera las mías. Entiendo ahora que la conversación ya se había producido con solo acudir allí. Tras esa imposibilidad de recuerdo, aparecieron. Decían: sí, sí, sí...
El abuelo me daba razón en todo. Seguro.
El abuelo me daba razón en todo. Seguro.
