Dulce, cuando alborotan los vientos el piélago vasto,
desde la tierra mirar la de otros pena y trabajo,
no porque sea el que sufra ninguno un gozo ni agrado,
sino que es dulce el ver de qué males uno está a salvo;
trabados por la llanura sin que entres tú en el estrago
dulce también los grandes combates de guerra mirarlos;
mas nada más dulce que ricos morar de fuerzas y abastos
en templos serenos erguidos por enseñanza de sabios,
de donde puedas mirar a los otros y verlos abajo
vagando sin tino y camino de vida errantes buscando,
en mañas rivalizar, competir en nombre y en rango,
noches y días querer con afán por favor de los altos
al somo de hacienda emerger y tomar el poder del estado.
¡Ah, míseras las conciencias, ah, ciegos ojos humanos!
¡En qué tinieblas la vida se gasta y peligros en cuántos
esto que sea de tiempo que hay! ¡No ver que ladrando
el ser natural no más para sí reclama que, en cuanto
quitado del cuerpo el dolor del alma se vaya, de algo
de alegre sentir disfrutar, de miedo libre y cuidados!
Lucrecio, De Rerum Natura, II 1-19 (Versión rítmica de Agustín García Calvo).
