Romeo fue a la calle Aribau. Allí todavía permanecían intactos sutiles detalles. Por ejemplo: los garabatos escritos a tiza doce años antes en una pared. También había coches distintos, alguna casa nueva, otras fachadas cambiadas..., pero aun así lo viejo ganaba a lo nuevo. Los mismos adoquines de la acera, el mismo portal, las mismas suciedades. Se fijó en una mancha del suelo e intentó el absurdo de recordarla. Cuando veía los árboles de siempre, la impresión era algo mayor, sintiendo el calor de una extrañeza distinta del simple recuerdo o reconocimiento. (...)
Al narrador le hubiera gustado escribir que Romeo fue absorbido por aquel árbol cuyos frutos parecían tamarindos. (...)
Al narrador le hubiera gustado escribir que Romeo fue absorbido por aquel árbol cuyos frutos parecían tamarindos. (...)
