En realidad, todo género exige la dimensión crítica de un lector, de quien en buena parte dependerá como tal género. Todo género se hace a fuerza de lectura. Sin embargo, lo que al “diario” personal o íntimo lo convierte en este aspecto particular es que, dependiendo de una lectura u otra, aquel puede quedar destruido como género y quizá también el sentido que tuvo para quien lo escribió.
En una novela o en una autobiografía es todavía posible una lectura evasiva o ese lector-pantalla sometido al desfile de la trama sin que el género se vea perjudicado (más bien lo contrario). La solidez de la novela —que incluso tantas transgresiones permite— posibilita diversos modos de lectura.
Esta lectura evasiva corrompe la esencia (frágil y conflictiva) del diario. El diario depende esencialmente de un tipo de lectura en la que el lector interviene activamente en la creación de un mundo propio. Para ello, aquel debe mantener vivas todas las tensiones que se producen en un diario.
A mayor intimidad y subjetividad escritas (el yo poético, por ejemplo, el yo del diario...) más necesaria se hace la dimensión de un lector (público). En el diario, el lector ejerce de un contrapeso indispensable. No es solo un contrapeso reequilibrador de fuerzas; no se trata de luchar contra lo íntimo o subjetivo con dosis de interpretaciones objetivantes, explicativas, de apuntalar el texto con supuestas intenciones, de convertir algo en gran parte misterioso en otra cosa más razonable. Se trata de recibir este ser como lo problemático que es; ni renegar de él, ni aceptarlo llanamente con una supuesta comunión o empatía, estériles en todo caso. Si se actuara así, por de pronto se rompería la barrera más básica entre su vida y su obra. Es difícil hacer inferencias desde un lugar hacia otro aunque estas conexiones existan innumerablemente.
Una función más bien negativa.
En un diario nada se escribe por nada; existen un sinfín de motivaciones silenciosas que realmente están explicando lo que se dice en otros términos (pues quizá lo que se dice difícilmente podría decirse en escritura). La función del lector es más bien negativa: se trata de no hacer hablar esas motivaciones silenciosas. A veces (aunque eso complique al escrito) basta con tener la prudencia de no acercarse demasiado...
El lector no podrá más que buscar en el interior de las palabras, no contará con el valioso mundo de los motivos e intenciones que acompañan al que escribe. El lector deberá ser lector de un pensamiento instalado en el lugar del escrito. El lector sólo está en manos del lenguaje, que no es el mundo del escritor de diarios, aunque dependa de él en la medida que usa el diario para narrar su vida.
El lector, restaurador del tiempo.
El lector es el único que puede leer los días, es el único que puede leer el vacío, espacio o tiempo entre un día y otro, sentir el hiato. El lector es el único que puede luchar contra el continuismo de la escritura. El diario, amigo en apariencia tan íntimo de quien lo escribió, fue el primero en traicionarle. Definitivamente, aquello no consiguió emular el paso del tiempo; ahora el diario (el lenguaje) lo ha compactado todo dándole una terrible continuidad. Si sus contradicciones se salvaban a través del paso del tiempo, ahora aquellas se nos antojan como definitivas. El diario es un producto de nuestra temporalidad, pero la temporalidad misma allí no se refleja, más bien sus frutos. De ese fluir constante y continuo aparecen instantáneas, segmentos que en realidad nunca pudieron separarse.
El ser ya es problemático antes de su fijación escrita, pero en la vida cuenta con el favor del tiempo, que no se da en el lenguaje. La lectura, sin embargo, puede restaurar eso, puede “dar vida” —tiempo— a algo muerto (el lenguaje), intentar aproximarse (y debe contentarse con el intento) al ser originario.
En la lectura de un diario las paradojas cobran vida, la máquina de la vida reemprende su rumbo...
Atender a diversos focos.
La lectura de un diario es tan problemática como el diario mismo; leer un diario es compartir su problema. El lector debe atender a diversos focos.
El lector debe ayudar al escritor a destruir lo que el diario está construyendo. El lector debe mantener vivas las fracturas y fisuras, los días y los espacios para que aquello no parezca ilusoriamente ensamblado en la realidad de la escritura, siempre continua. La lectura también es esencialmente unificadora, seguidora de la unión, testimonio privilegiado del texto. Visto así, la lectura del diario tiene que luchar contra sí misma.
A la vez, el lector no debe dejar de construir lo que en el diario ya está destruido. Un diario no deja de ser el testimonio de un fracaso. Un fracaso que terminó con la muerte, que ni la muerte logró una solución. A partir de ahí el lector debe intentar construir (o descubrir) ese sentido que el propio escritor no pudo conseguir con su diario. El lector propone con su lectura una alternativa al diario, otra forma de vida (¿y no es eso lo que siempre busca el escritor?).
Un lector por encima.
El diario no solo se entrega a una futura relectura o al escritor mismo como lector. También se entrega a un lector imaginario. El dios del diarista significa que sus palabras podrán ser escuchadas. Esta creencia en un dios que lo ve todo desde arriba condiciona la escritura del diario. En el fondo, uno ya no puede escribir sin dejar de pensar en ello. Eso es beneficioso para él y para su diario. Siguiendo en la comparativa teológica (no sé si del todo lograda), ese lector no es el dios veterotestamentario que coarta y es temido, es un dios más humanizado que crea lazos de confianza. El lector es tan confidente como el propio diario. El diario agradece la presencia benévola de un lector, un motivo añadido para hacerse más comprensible.
