La dolce vita tiene un final conmovedor. Aglutina toda la esperanza contenida, casi frustrada, de que Marcello podrá redimirse de sí mismo, de que sus capacidades cuajarán, de que ejercerá su carácter destructivo también. Todo en la película parece aguardar eso. El tiempo es la exasperación de quien busca el cambio en aquel que nunca escucha... Lo cual hace de esta película una verdadera crudeza; toda aquella realidad, que tampoco es por entero distinta de lo fútil, incluso ridículo, que se nos enseña está traspasada por un cedazo turbio difícil de explicar: equiparación de la importancia en hechos, desdén por la trascendencia, desmoronamiento de la tradición.
En otra película similar a esta, Le feu follet, su protagonista corroboraba en todo momento un final trágico que el espectador ya preveía desde el principio. Así todo es menos triste… Lo que marca la tragedia no es la tragedia en sí, sino la imposibilidad del cambio dentro de una mala vida. Nada más triste que un tiempo sin cambio y el agotamiento. Parece que de esta manera nada te es devuelto, sea lo que esto signifique.
Con todo, aquí el protagonista posee también elementos que proscriben la perspectiva moralizadora de un juez acusador (perspectiva que en este texto no logramos evitar). A una acción inconsistente no se le debe añadir o atribuir una falta de conciencia. Marcello vive en un continuo y pesado más acá… y a la vez parece ansiar la posición del intelectual (cierta tranquilidad del intelectual), la altura desde donde, por ser altura, ya nada apena. Y sin embargo es el intelectual quien se mata. Los suicidios tienen una función de artimaña; son una manera de humanizar el arte, y no (no solo…) porque aquellos sean actos enteramente humanos, sino porque se quiere con ellos someter la veracidad de la vida, crear su ilusión incluso en la acción más antagónica. Los suicidios en el arte son una manera de pedir, también la dan…, humanidad.
De este modo, pueden verse como vivificantes libros como Night Train o films como Der siebente Kontinent. Y así decido verlos.
La coda del film, aquella conversación imposible y sin embargo diálogo, mixtura de signos y oscuros gestos, representa un dudoso último esfuerzo, o la esperanza imposible, frente a un abismo ya infranqueable. Marcello, a pesar del vaivén improvisado de toda la noche, en realidad no ha cambiado de sitio: la imposibilidad de moverse para quien todo lo vuelca sobre sí. La suerte de no saber cruzar los peores abismos quizá sea —también— la desgracia de no atreverse a cruzar los mejores, los necesarios. Él se crea sus propios abismos; incluso aquellos que apenas se presentarían como tales, acontecen ante él. Ahora que podría moverse con solo unos pasos, es impensable para él tal oportunidad. Justamente porque es impensable para el protagonista (un protagonista que yo siento del todo mío), es necesario preguntarse qué le costaba a Marcello cruzar un par de metros y escuchar a Paola.
La misma necesidad asimismo nos impele a preguntar qué le costaba a Paola ir en búsqueda de Marcello. Y una vez más, la pregunta es necesaria porque no nos está permitida... A Paola, en estricta correspondencia, él le es indiferente. Con esta percepción de aquel ser angelical particimanos a disgusto de la ceguera del protagonista, que entiende a las mujeres como un complejo entramado lleno de simplezas. Lo eterno femenino también se une con lo terreno femenino que le impide avanzar... Marcello vive instalado en este sesgo; fragmentó las mujeres en distintos tópicos, convirtiéndolas así en la materia cómplice de esa mala vida.
Se hace inevitable la comparación con otro final, el de Trois Couleurs: Blanc, de escena similar (o quizá del todo idéntica): la misma irreconciliable distancia...; distancia y transmisión de autenticidad más allá del diálogo; recuperación de lo femenino frente a lo grotesco (en La dolce vita) y frente a lo cruel (también lo grotesco...) en Blanc. Las dos películas son cada una el mapa de un hombre.

