Se usó esta palabra para señalar el ideal, claro. No simplemente para aquello motivador o que estaba al frente, sino para aquello motivador y que estaba al frente en tanto que un resto perdurable. (Aquí uno se sonríe; aquello era la mejor escusa para nombrar una felicidad consabida y los dinamismos, bromas, jugarretas..., humor en definitiva... que suscitaba). Mejor aún... y para lo esencial, de hecho: el amor hacia aquellas muchachitas de bucles adorados.
A tenor de la verdad, tampoco lo veíamos exactamente así; al decir "que está el eidos", expresión encarnada de todo aquello, cuatro palabras pero en realidad una sola, nos referíamos —y siempre, siempre, jocosamente— más bien a una realidad etérea o a lo etéreo de una realidad. No sé si se remitía a una esperanza, puesto que, aunque a poquitos..., ¿no habíamos llegado? No sé cómo llamarlo para poderme entender, ni si ya me entiendo.
Era una manera de hablar, de vivir irónicamente (¿es ese el adverbio?) la frase compartida de que la filosofía comenzaba fuera de las clases.

