La de la boya lejana, la del islote presente, la de los largos nados, o la de los "largos", simplemente. La playa enorme...
Playa de zonas: la rústica y tranquila, la del agua oscura (en realidad más limpia) y amarres reposados. Seguía otra más turística, la amplia zona (“zona”..., esa palabra…) por donde inevitablemente debíamos cruzar, descalzos en todo caso, embadurnándonos de arena removida por el mar que cesa. Molestando con nuestros pasos jacareros algún bañista rubio y rojo.
Para llegar al lugar. El lugar del pinar, el lugar para nuestro picnic sin enseres (salvo nuestros dedos), cercano al merendero de precios caros, de helados por ello más sabrosos.
Y a nuestra playa y rincón propiamente, menos superpoblada, pero más profusa en todo: en azul, en deseos, disputas, dilemas..., también medusas.
¿Se suda en el agua al nadar? Se podía pensar, desde luego..., en el mar profundo, donde más inmensa y cercana aparecía la ladera que hasta la bahía se posaba... y siempre había que mirar.
Verde reflexivo y testigo de firmes amistades.
Atardecía, el sol se sonrojaba y del mar, ya calmado, relucían sus puntas de adamante.
