Echo de menos la cala del nordeste de la isla, escondida entre pinos y por ello intensamente verde. A partir de este deseo, he pensado en el mar, o el agua, o la cala oscura, bellamente oscura, quizá debería decir que sombría, bellamente sombría, también; una cala cuya orilla está al cobijo de un árbol tropical plantado a escasa distancia del agua, de grueso tronco y raíces arácnidas. (Asocio ese árbol a los manatís y a baobabs saint-exuperianos). Aunque golpea un sol de las cuatro de la tarde, la sombra oblicua que deja aquella copa es de una opacidad casi infranqueable, impregnando un color verdoso-negro a toda una franja acuática. Pequeñas gotas de luz se dejan caer en el mar a pesar de las hojas frondosas. Salvo la sombra definida, el resto del paisaje refleja un blanco soleado que impide ver los colores naturales. La arena del fondo aparece extrañamente habitada; hay unos mini cráteres similares a los hormigueros en verano. Y digo extrañamente porque debajo del agua me parece más raro que los animales escarben... También en lo hondo, como en la cala del nordeste, están los animales que reciben del mallorquín un impúdico nombre que no referiré.
El paraje se asemeja más a un lago, tal vez un río remansado, que, por ejemplo, al agua de una bahía. Sin embargo, los lagos normales se me antojan menos proclives al movimiento de las olas. Quizá en lugar de lagos esté pensando en embalses, donde no puedes nadar más de un pequeño tramo adentro sin abismarte. No es tampoco la oscuridad turbia de los pantanos, su verde malvado tras el cual se intuyen los coches hundidos... No: el mar del que hablo es poco profundo, incluso en lo más remoto. No le concedo mucho más de medio metro de hondura. Como algunas playas: hay en ellas tal acúmulo de arena bajo el agua, que, al adentrarte, pareces estar ascendiendo... Estás lejísimos de la ribera pero tu acompañante todavía puede verte las rodillas.
En realidad, debería poder escribir y escribiré que soy feliz (entre comillas, en cursiva, o inherentemente).
