Enseguida se ve que aquello no es la explosión de un espectáculo, que hay algo enrarecido… El speech empieza de una manera claramente desencantada. El show es una parodia del propio show, de un contenido, de una manera de hacer reír; un no querer a las buenas hacer reír de este modo. La intención (al instante captada por el auditorio) es que esta forma burlesca de tratar al humor sea, a su vez, humorística. Pero de manera no menos inmediata el público interpreta que el objetivo del artista no se agota, ni de lejos, en ese retornar a la risa fácil. Así, al asistente no le queda más que una sonrisa residual, mezcla de risa franca y duda, porque siente que, más que participar del engaño, lo está, digámoslo así, sufriendo. Y con saña; el público sabe que el humorista se burla de él (de él como público) y además no se esconde de ello, más bien lo contrario. Eso crea al auditorio, junto a esta de engaño, la sensación de que le están ocultando algo casi con desfachatez. Por tanto, la primera conclusión exige una risa inteligente: expectante, al acecho, intrigada, una risa que observa... (Lo primero que el artista nos pide es que seamos víctimas cómplices. Más que un humorista, es un mago).
¿Por qué todo el mundo me abuchea cuando cuento chistes, y cuando no quiero que os riáis os reís?
Haciendo esta pregunta (porque es una pregunta para quien la hace) el artista se pone momentáneamente en la piel de ese mediocre humorista que no quiere ser (y que, por otra parte, lo encamina a ser un humorista grandioso). Pero sobre todo esta pregunta pretende trasladar la duda de la pregunta de verdad: quizá la búsqueda de un sentido a la risa. La pregunta del showman intenta que los asistentes saquen a la luz esa duda, sus dudas. Andy Kaufman habla a nuestras conciencias. El auditorio tiene que preguntarse qué querrá él de mí. De hecho, no hay auditorio. Sólo cada uno de nosotros.
El final del show (lo único que realmente es ‘show’, que haría reír fríamente) es una concesión al espectáculo y al auditorio, una forma de agradecimiento; es también expresión y compendio de lo que aquello siempre ha sido y siempre ha negado ser: gag, humor, risa, burla…, algo que al final volvió al vacío, pero que solo Kaufman tuvo la virtud de poder llenar…
Kaufman se sacrifica por un auditorio convirtiéndose en humorista. Transforma la risa en humillación. «No os riáis», nos dice desde lo oscuro; «reíos, y, cuanto más, mejor», dice el showman que jamás desaparece. La risa se «indefine», se quiebra, titubea en sonrisa, se suspende. El sentido del espectáculo (algo presuntuoso pero que parece ser así: la limpieza del espíritu) parece que se está cumpliendo.
Y el mensaje puede ser este: la risa es insuficiente (breve y vacía) para llenar de felicidad las personas. El artista Kaufman lo percibe, intenta luchar contra este hecho, sabe que no hay solución. Viviremos en un entorno de show, fugaz, como la propia vida. Ese es el pesimismo de fondo que parece habitar en Kaufman. Un pesimismo contra el cual se intenta luchar, porque cada nuevo show es nuevo intento, continua repetición. El ser humano puede repetir el deseo. Puede desear continuamente. Su vida también fue show, engaño al engaño. Continua contradicción: la mejor herramienta. Encararse a la vida (echarle en cara a la vida...) y a la vez ocultarse en álter egos y escenarios.
¿Por qué todo el mundo me abuchea cuando cuento chistes, y cuando no quiero que os riáis os reís?
Haciendo esta pregunta (porque es una pregunta para quien la hace) el artista se pone momentáneamente en la piel de ese mediocre humorista que no quiere ser (y que, por otra parte, lo encamina a ser un humorista grandioso). Pero sobre todo esta pregunta pretende trasladar la duda de la pregunta de verdad: quizá la búsqueda de un sentido a la risa. La pregunta del showman intenta que los asistentes saquen a la luz esa duda, sus dudas. Andy Kaufman habla a nuestras conciencias. El auditorio tiene que preguntarse qué querrá él de mí. De hecho, no hay auditorio. Sólo cada uno de nosotros.
El final del show (lo único que realmente es ‘show’, que haría reír fríamente) es una concesión al espectáculo y al auditorio, una forma de agradecimiento; es también expresión y compendio de lo que aquello siempre ha sido y siempre ha negado ser: gag, humor, risa, burla…, algo que al final volvió al vacío, pero que solo Kaufman tuvo la virtud de poder llenar…
Kaufman se sacrifica por un auditorio convirtiéndose en humorista. Transforma la risa en humillación. «No os riáis», nos dice desde lo oscuro; «reíos, y, cuanto más, mejor», dice el showman que jamás desaparece. La risa se «indefine», se quiebra, titubea en sonrisa, se suspende. El sentido del espectáculo (algo presuntuoso pero que parece ser así: la limpieza del espíritu) parece que se está cumpliendo.
Y el mensaje puede ser este: la risa es insuficiente (breve y vacía) para llenar de felicidad las personas. El artista Kaufman lo percibe, intenta luchar contra este hecho, sabe que no hay solución. Viviremos en un entorno de show, fugaz, como la propia vida. Ese es el pesimismo de fondo que parece habitar en Kaufman. Un pesimismo contra el cual se intenta luchar, porque cada nuevo show es nuevo intento, continua repetición. El ser humano puede repetir el deseo. Puede desear continuamente. Su vida también fue show, engaño al engaño. Continua contradicción: la mejor herramienta. Encararse a la vida (echarle en cara a la vida...) y a la vez ocultarse en álter egos y escenarios.
