10.8.10

¿No nos ha pasado a todos: beber agua bien fresca; llegar cansadísimos, coger el agua como podemos, y beber a gusto, rápido-que-nos-ahogamos, sin tener esmero en respirar, sólo beber como unas bestias, aunque cada vez más cansados y más cansados…, hasta que nos damos cuenta de que ya no estamos cansados, pero nuestro corazón, que es el más exigente de todos los espíritus, todavía late con fuerza, más fatigado, casi ofendido, y es cuando tememos que se parará, y en realidad se para, pero comienza a latir de nuevo, el corazón religado y amigo, de una manera perfecta y sosegada?
 
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