La verdad no puede negarse a ninguno de sus campos; si lo hiciera, alguien desde el otro lado supondría ser más fuerte que ella, lo cual es imposible. La música, pues, como lenguaje de la verdad, no logra impedir ser significativa; con un solo significado. Pero la música ya no es este momento. Esa constatación, en la que el significado aparece como única alternativa y mayor falsedad, exige su autosupresión desde el más hondo espíritu en que fue generada. El espíritu no quiere ser lenguaje, sabiendo, a su vez, que le será imposible no dejarse conocer. Así, el lector de la música solamente logra un impensable cese al poder descubrir intenciones musicales. La música todavía luchará (es su esencia) por mantener el significado ante sí, por darse a conocer significativamente, aun a sabiendas de su imposible empeño.
El lenguaje verdadero (o la verdad) nunca será apartado de contenidos particulares; el significado nunca podrá pugnar contra la indiferencia de la verdad. Pero es ese significado en su mero establecerse fronterizo el que producirá un revulsivo del propio espíritu, forzando a la música a hablar (o expresarse) diciendo: no soy ello; cediendo por un instante su verdad al significado que sólo destellará como su propio momento de error. Por tanto, la música es respeto y enojo del propio significado, es decir, de aquel tiempo en que el espíritu tuvo que hacerse visible, explicando en un ínfimo lapso de contrariedad toda luz y detalle. El rubor del espíritu —¿y si nos vieran?— se convierte en orgullo —heme aquí, un sentido—.
En la música el espíritu es el culpable. Implorará nuestro perdón cantando.
