21.11.09



A medida que se sucedían mis pasos, todo se hacía más fácil. Por momentos (momentos, por ser momentos, gratificantes) la gravedad de la vida descendió hasta mis pies, como desapareciendo. Percibí el acierto de esa sensación..., ahora ya de algo lejano. Entonces pensé que mi cabeza estaba muy lejos de toda, llamémosla así, limpieza, desvelo. O fue por pensarlo que todo volvió a ser como siempre... y la gravedad de nuevo ascendió a mi cara.

Un cúmulo de pensamientos y visiones se reinventaban para intentar explicar aquello. ¿Un momento de o para la esperanza? ¿El peor de los abismos? ¿Qué tipo de engaño había padecido, si es que de un engaño se trataba?

Mi amiga y aliada insistió en que escribiera algo así como que la defensa (en sentido fuerte: resistencia) puede ser una buena forma de olvido. Interpreto eso tal vez como la lucha contra el abismo; a pesar de ser una mala vida, siempre es mejor que una vida de renuncia. Lo interpreto también como un ejercicio (y consuelo) de autoafirmación —terrible pensar que de autoestima—.

El pesimismo cuando menos inicial de todo esto me parece patente; también el dogmatismo que rezuma. Nada que en realidad objete a simples partes de un movimiento inverosímil y harto complicado, de impotente palabrería.
 
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